Más de medio siglo de trabajo cooperativo, crecimiento constante y amor por el vino en el corazón de La Mancha.
Bodegas Pedroheras surge de la unión de agricultores que compartían una misma idea: transformar el valor de la tierra en vinos con identidad. Desde entonces, la bodega ha crecido sin perder su esencia cercana, cooperativa y profundamente ligada a Las Pedroñeras.
Cada etapa ha dejado una huella concreta: más capacidad, mejor elaboración y una relación cada vez más directa con quienes disfrutan nuestros vinos.
Bodegas Pedroheras nace como sociedad cooperativa gracias a la unión de un centenar de agricultores decididos a impulsar un gran proyecto común.
Esa base compartida dio forma a un saber hacer que se ha transmitido y perfeccionado de generación en generación.
Se ejecuta una de las mayores ampliaciones de la bodega, con nueva maquinaria y depósitos para asegurar la recepción de la uva.
La creación de la sala de barricas bajo tierra permite mantener una temperatura constante y óptima para el envejecimiento.
En 1985 se crea el despacho de vino, la tienda a pie de carretera orientada al consumidor final, fortaleciendo el vínculo directo con la gente.
Más adelante, coincidiendo con el 50 aniversario en 2008, se acondiciona una de las naves principales con depósitos dotados de control de temperatura.
La historia de Pedroheras no se entiende solo por sus fechas, sino por la continuidad de una forma de trabajar: cuidar la uva, mejorar los procesos y seguir construyendo una bodega que mira hacia delante.
Esa combinación entre memoria, oficio y actualización constante es la que sostiene la personalidad de nuestros vinos y de nuestra marca.
Una imagen reconocible que conecta el imaginario manchego, la leyenda local y el carácter cercano de Bodegas Pedroheras.
Esta historia transcurre en pleno corazón de La Mancha, concretamente en la villa de Las Pedroñeras. Cuenta la leyenda que existió una venta muy popular en el lugar, donde los viajeros se detenían a comer y descansar: la llamaban “La Venta de Pedro Heras”.
Por los alrededores de aquella venta rondaba un galgo noble y famélico, tímido pero sociable, que bebía los restos de vino de los huéspedes y descansaba bajo la sombra de una frondosa parra.
Un día el galgo desapareció como quien retoma el camino, pero su recuerdo siguió vivo entre lugareños y viajeros, que empezaron a hablar de “El galgo de Pedroheras”.
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